Libro: Soy un anciano, puedo ser tu espejo – Eduardo Cajandilay Díaz - Cité de libro

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samedi 15 juin 2019

Libro: Soy un anciano, puedo ser tu espejo – Eduardo Cajandilay Díaz

Cuando tienes varios libros, a veces es muy difícil elegir cual te acompañara en los próximos horas, días o semanas. Terminé eligiendo Soy un anciano, puedo ser tu espejo de Eduardo Cajandilay Díaz de la Editorial Bracamoros.

Me encanto esta pequeña e impactante novela. Definitivamente ningún lector será indiferente la vivencia silenciosa de Francisco, un abuelo con 90 años de vida; porque hijos, nietos, hermanos y padres de alguna u otra manera han vivido, viven o vivirán situaciones similares.
En este mundo cada vez hiperconectado con lo exterior, pero desconectado con los que tienes a tu lado-. Tu familia. Francisco vivió en carne propia el maltrato y la indiferencia por parte de sus hijos, sumado la indiferencia de sus nietos que preferían pasar horas frente a un ordenador. Soy un anciano, puedo ser tu espejo, también es una novela triste, pero también sublime y motivador que te puede ablandar el corazón duro que se muestra justamente con quien se debe ser todo lo contrario.

Francisco una tarde se quedó a solas con junior (su nieto) en la casa de una de sus hijas; Francisco quería conversar con su nieto, pero este solo atinaba a responderle con las monosílabas “si” y “no”, estaba concentrado a la televisión y al celular ignorándole a su abuelo como siempre lo hacía. Es así donde Francisco, mirando a Junior, expresó para sus adentros lo siguiente:

¡Soy un anciano y puedo ser tu espejo! Cuando tenía tu edad, jamás creí que los años pasarían tan rápido, pero cuando reaccioné ya tenía otra edad. Es otro tiempo, otras costumbres y otro trato humano. Hoy, albergando todavía una parte de mis recuerdos, me doy cuenta que la vida es corta, las energías son pasajeras, pero la esperanza es eterna. Cuando uno es niño, adolescente o joven, cree que nunca llegará a ser anciano, sus energías son infinitas; si quiere correr, corre; si quiere gritar, grita; si quiere saltar, salta; si se cae, se levanta con rapidez y no pasó nada. Sin embargo, a mi edad, ya no puedo correr aunque quiera, intento saltar, pero en vano; quiero gritar, mi voz se apaga; si me caigo, con seguridad que me produzco una fractura. 

A esto se le suma, mi visión debilitada por el paso de los años y de tantas imágenes que llegaron a posicionarse en el mejor lugar de mis recuerdos. Mi audición solo responde a tonos elevados, pues mis oídos ya cumplieron sobremanera su función. Mi voz se apaga, pero con ella puede expresar miles de miles de palabras, todas ellas variaban según la persona con quien conversé. Mi cuerpo y sentidos pueden estar débiles, pero mi corazón sigue intacto, y es él quien controla a mi cuerpo. Si mi corazón recibe amor, regala energía a todo mi cuerpo y le da ganas de seguir viviendo; pero si por el contrario recibe insultos, reproches, maltratos, ordena a mi cuerpo paralizarse, produce dolores que ninguna medicina en jarabes, pastillas o cápsulas solucionarán, porque es el alma quien sufre. 

Cuando se es joven se cree que los años estará ahí siempre intactos, pero no nos damos cuenta que mientras perdemos tiempo, ese tiempo no se recupera. Muchas veces descuidamos a la familia por el trabajo y posponemos tiempo, ese tiempo no se recupera. Muchas veces descuidamos a la familia por el trabajo y posponemos su atención por la ambición de estar cerca de Don Dinero, pero cuando ya tenemos a Don Dinero, queremos más y más y nunca estamos contentos. Si no tenemos lo necesario luchamos por conseguirlo y, si lo tenemos, insistimos por buscar el doble o el triple. Pero ¿cuándo nos detenemos a pensar en los hijos, en la atención que necesita, en los padres cuando son ancianos?; les dejamos de lado y con un más tarde, solucionamos todo. Recuerda que el tiempo es veloz incluso a veces más rápido que el mismo arrepentimiento. Entendamos que para conseguir la felicidad no solo es necesario el dinero; las palabras con cortesía y los gestos amables, son más ricos que cual fortuna material.

Los niños y ancianos necesitamos que nos escuches, que nos des un poquito de tu tiempo, que cuando converses lo hagas de verdad, no dándonos la espalda y mirando al televisor. Cuando dialogas con nosotros no solo contestes con palabras monosílabas, sino con expresiones atentas que evidencien que sí estás inmerso en la conversación. Queremos que nos hagas saber que todavía formamos parte de la familia y que por años hemos jugado un papel importante en tu vida. Si no te valoré, discúlpame una y mil veces, pero recuerda que también puedo ser tu espejo. Me gustaría que también puedo ser tu espejo. Me gustaría que entiendas que cada día que pasa no lo podemos recuperar, habrá más días, pero no como el que perdiste. ¡Adelante!, reconoce que un día que pases en familia no es día perdido, es un día que se almacena en la memoria eterna y que las personas con quien has compartido esas horas de agrado, lo recordarán el resto de sus vidas.

Cuando mires a un anciano sentado en la vereda de su casa o casi en la puerta, ¡míralo bien!, porque en esos lugares algún día estarás. Me gustaría que entiendas que la mayoría de ancianos solo tenemos una pequeña vereda para conectarnos al mundo. Otros, en cambio, desde dentro miran con curiosidad y espanto el mundo que avanza a pasos acelerados, pero consentidos por la indiferencia de otras edades que no son más que mi edad retrasada unos cuántos años. No me cansaré de repetir que ¡Puedo ser tu espejo!, pero no debo ser tu espejo. Si a mí me repudian, anticípate para que te amen. Si a mí no me escuchan, escúchales desde ahora. Si otros me maltratan, tú no hagas eso, porque me lastimas profundamente. Si otros me ignoran, te pido que por lo menos reconozcas que sigo vivo. Si otros me ven como un estorbo, mírame como ser útil que puede hacer muchas cosas a mi ritmo, pero que intenta hacer algo”.

Todo eso expresó Francisco para él mismo, porque aun si lo hubiera dicho a viva voz, su nieto no le habría escuchado, porque tenía otras cosas más importantes que hacer.
Fue sumamente placentero el libro, muy bien escrito, con un lenguaje claro y accesible. Muy recomendable para todos.

Libro: Soy un anciano, puedo ser tu espejo, Eduardo Cajandilay Díaz, Editorial Bracamoros, 2018, 140 páginas.

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